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¿Hacemos trampas en los gastos de empresa?

Son todo un clásico que se ha modificado con el paso de los años pero en absoluto ha desaparecido. A pesar de las nuevas tecnologías y de un supuesto mayor control del gasto, las trampas en los gastos de empresa se siguen produciendo y, muchos casos, son autenticas obras de ingeniería de la picaresca.

Caeríamos en un error si pensáramos que estamos ante algo nuevo. Desde que los gastos de representación son necesarios la picaresca alrededor de ellos ha generado situaciones de todo tipo durante décadas, nos atrevemos a decir que de algún modo a lo largo de toda la historia. Sin embargo, sí es cierto, que alrededor de la ampliación de los conceptos comerciales en el siglo XX, y sobre todo de la movilidad del comercial, la importancia de estos gastos de empresa alcanzó a todos los rangos, no sólo a los rangos directivos de las empresas, convirtiéndose en un tira y afloja entre empresa y empleados que se mantiene hoy en día.

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¿Tantas trampas hacemos?

La respuesta es sí. Hace relativamente poco tiempo revisamos los datos de una encuesta en el Reino Unido relativa exactamente a esta cuestión. En aquella encuesta, sobre el conjunto de los trabajadores encuestados más del 30% admitía haber hecho algún tipo de trampa con los gastos de empresa en algún momento, porcentaje que por ejemplo, en las profesiones más relacionadas con los desplazamientos comerciales ascendía prácticamente hasta el 75%.

Curiosamente, esta encuesta que puede ser perfectamente trasladada a nuestro país, daba por sentado que los porcentajes eran incluso mayores de lo que los encuestados habían declarado, lo cual significaría que en determinados sectores prácticamente nadie se libra de haber manipulado los gastos a su favor frente a la empresa en algún momento.

Curiosamente esto, que parece más una actividad provocada por la experiencia y el exceso de confianza, se tornaba un problema serio en el análisis de la encuesta ya que, resulta que el porcentaje más elevado de personas dispuestas a romper las reglas en lo relativo a los gastos de empresa presentaba un perfil de edad entre 18 y 24 años.

¿Por qué hacemos trampas?

No es una pregunta sencilla. La primera tentación es responder que para obtener beneficios económicos extra, sin embargo, debemos tener en cuenta que aquí también se engloban perfiles con sueldos elevados que no necesitan en muchos casos ningún tipo de ingreso extra. Por tanto, y aun teniendo en cuenta este factor que para muchos puede ser importante, hay que buscar otros elementos relevantes que nos permita descubrir el motivo por el que los gastos de empresa son tan vulnerados habitualmente.

El motivo, si volvemos a aferrarnos a los estudios que citábamos anteriormente, aparece en las propias respuestas de los encuestados; más del 70% de los encuestados, independientemente de que hubieran hecho trampa o no, aseguraba no sentir un control exhaustivo en absoluto sobre sus gastos de empresa, es más, prácticamente el mismo porcentaje declaraba no haber tenido nunca que justificar más allá de lo establecido en los acuerdos particulares de cada empresa sus gastos.

Lo cual, nos lleva a pensar en una suerte de institucionalización no deseada del redondeo a favor de quien ha de presentar las cuentas a la empresa, algo que en muchos casos se hace ya de manera casi involuntaria.

¿Cómo son las trampas?

Cada empresa es un mundo y cada modelo de gestión tiene defectos y virtudes, fortalezas y debilidades también asociadas a como hacer trampas con los gastos de representación. Los más habituales son siempre los que se relacionan con añadir sobre costes a los medios de pago que la empresa proporciona al empleado para cubrir dichos gastos, costes que se incluyen como gasto de empresa sin serlo. Aquí debemos distinguir entre los gastos que indirectamente nada tienen que ver con la empresa, es decir gastos personales que se adjudican arbitrariamente al cómputo de la cuenta de la empresa, o, el aumento innecesario de gastos, que es tan frecuente o incluso más que el anterior.

A partir de cuestiones tan relativamente sencillas como las anteriores, existe todo un catálogo de malas prácticas, algunas (muchas) que rozan incluso el que rozan incluso el delito. Difícil será que el lector no conozca al menos un caso particular de alguien que se aprovecha de un modo u otro de los gastos de empresa, sin embargo, esa especie de leyenda urbana de los costes ya contemplados por las empresas, etc, o, ante el simpático caradura que saca un sobresueldo, No deben enmascarar un problema real que perjudica tanto al empresario como al conjunto de la empresa cuando se realiza de manera sistemática.

 

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